DE CÓMO EL ALGARROBO PROTEGIÓ AL PUEBLO COMECHINGÓN - Anónimo comechingón PDF Imprimir E-mail

DE CÓMO EL ALGARROBO PROTEGIÓ AL PUEBLO COMECHINGÓN
Anónimo

Leyenda comechingón

Esto sucedió hace mucho, cuando los españoles descubrieron lo lindo de estas tierras y quisieron quedarse con todo sin reconocer a sus verdaderos dueños: la conquista de América había comenzado.
Una tarde destemplada, los comechingones que trabajaban como siempre con mucha dedicación y cuidado en sus tierras, intentaban preservar sus cultivos del inesperado ventarrón. Desde muy lejos, casi al final del valle, observaron un tumulto de polvo y bestias que avanzaba hacia ellos. Se asustaron muchísimo, nunca habían visto algo igual. Al acercarse el belicoso grupo vieron que eran hombres de piel blanca, sobre animales parecidos a sus llamas pero diferentes, con pelo en lugar de lana y cuello más corto. Mientras intentaban mirar bien de qué se trataba se dieron cuenta de que esos extraños venían cargados de armas y avanzaban con cara de pocos amigos sobre ellos. Con una gran fuerza de voluntad, vencieron su miedo y como hombres del cacique comechingón Ipachi Naguan, lucharon contra los blancos.
El combate duró mucho, demasiado, y el hambre y el cansancio fueron agotando a los comechingones. Ipachi Naguan consultó a los sabios y estos le aconsejaron que otorgara descanso a su pueblo, de lo contrario, todo se perdería. El cacique decidió guiar a su gente hacia un bosque de algarrobos. Les costó mucho llegar, no solo estaban exhaustos y hambrientos sino tristes y desolados. ¿Cómo podrían vencer a estos extraños invasores si ni siquiera entendían sus modos de atacarlos con esas sofisticadas y totalmente desconocidas armas?
Ipachi Naguan resultaba un buen jefe, y bajo ninguna circunstancia iba a dejar que su pueblo sucumbiera ante el primer gran escollo, entonces, recién llegados a aquel bosque frondoso, protegidos momentáneamente de los ataques pero no del hambre que los carcomía, el cacique pidió a los dioses, con toda humildad pero con gran firmeza que cuidaran a sus mujeres y niños.
El tiempo transcurría y nada pasaba, todo parecía perdido, los comechingones sentían la proximidad de la muerte. ¿Era posible que esto sucediera sin que los dioses se apiadaran de ellos? Entonces ocurrió lo inesperado: las ramas de los algarrobos comenzaron a sacudirse de tal modo que en un principio hubo quien pensara en el posible enojo de las divinidades; pero vieron fascinados que desde las alturas comenzaba caía una maravillosa lluvia de frutos que se abrieron y, obsequiosos, dejaron ver sus semillas.
Esas algarrobas fueron el mejor alimento para los indígenas. Con el mismo respeto que tenían por todos los frutos de la tierra, tomaron con sus aún doloridas manos el regalo divino. Y, luego de compartir sus rezos de agradecimiento, comieron hasta que la fuerza volvió a sus debilitados cuerpos.
Después rieron y cantaron: se sintieron plenos de confianza. Entonces, volvieron a la batalla y vencieron a los españoles: el fruto de los algarrobos había salvado, al menos esa primera vez, a los habitantes de aquella tierra.